Hay una práctica inflamada por el diablo mismo que ha hecho y sigue haciendo mucho daño. Esta práctica es la de usar la palabra de Dios de forma antojadiza y abusiva para justificar intenciones y acciones.
Jesús había ayunado por 40 días. Satanás vio la oportunidad y quiso seducir a Jesús para que hiciese todo lo que él quería. Habiéndolo llevado a lo más alto del templo de Jerusalén le dijo: “Si eres hijo de Dios, échate abajo” y seguidamente citó un versículo del Salmo 91 “pues a sus ángeles mandará acerca de ti y en sus manos te sostendrán para que no tropieces con tu pie en piedra” (11,12).
Para el enemigo no es problema usar algo tan sagrado como la Biblia para tratar de conseguir lo que quiere. No tiene escrúpulos. Por eso Jesús identificó esa intención como “tentar a Dios”.
No caigamos en esa práctica nosotros. No manipulemos ni tergiversemos la Biblia para nuestros intereses sensuales. Como, por ejemplo, cuando citamos “La carne es débil” (Mateo 26:41) para explicar nuestras caídas repetitivas en algún tipo de hábito pecaminoso.
Y qué decir de citar Juan 2:1-11 donde se narra que Jesús convirtió agua en vino para justificar la propensión a ingerir bebidas embriagantes. Es hasta descarado y cínico hacerlo.
Algo parecido sería usar el Salmo 23:4: “aunque ande en valle de sombra y muerte, no temeré mal alguno, porque Tú estarás conmigo” para aventurarnos en lugares peligrosos sin razón y precaución ninguna.
Dios nos ha dado sentido común para actuar con prudencia. No hay que ir por la vida de forma temeraria. Actuemos con sensatez.